La industria editorial, ante su tormenta perfecta

El mercado editorial ha perdido en los últimos años cerca de un 40% de facturación, pasando de los 1.357 millones de € en 2009 a los 845 millones de € de 2015 (Fuente: Nielsen BookScan Total mercado sin Texto ni Otros). Es decir, ha perdido 500 millones de € o, por verlo desde otra óptica, ha vuelto a cifras de hace 20 años. Dos grandes acontecimientos, que coinciden en el tiempo, son las causas principales que nos permiten explicar dicha caída: la crisis económica y el cambio tecnológico, ambas cuestiones con ramificaciones y derivadas interrelacionadas.

La crisis económica conllevó un menor poder adquisitivo por parte de los consumidores y, a resultas de ello, una ralentización en el consumo. El sector editorial no fue ajeno a dicha caída del consumo y, si bien aguantó durante los primeros años de la crisis –la caída entre 2009 y 2011 fue del 14%-, a partir de 2012 se derrumbó con un descenso del 24% entre 2011 y 2013. El libro, excepto para unos pocos y en según qué situaciones, no es un producto de primera necesidad y, de hecho, responde bien a la compra por impulso: en los años de bonanza el lector medio solía acercarse a la librería y, de camino al libro que buscaba, iba recolectando aquellos libros que por una u otra razón el impulso le impedía no llevárselos. En momentos de estrechez económica este impulso generoso pierde fuelle ante cualquier planteamiento racional y uno suele acordarse de los muchos libros que tenemos en casa todavía por leer. Los japoneses, por ejemplo, incluso tienen un término para referirse al hecho de comprar libros para luego no llegar a leerlos: tsundoku.

Por las mismas fechas que la crisis económica llegaba a nuestra economía otro fenómeno hacía acto de aparición: el cambio tecnológico y sus correspondientes disrupciones. En mayo de 2010 los consumidores españoles que habían pre-reservado el primer modelo de iPad empezaron a recibirlos y, a fines de 2011, Amazon inició la comercialización de su Kindle en España. Ambos dispositivos, y otros que habían llegado antes o que llegaron poco después, permitieron la difusión de los libros electrónicos y, con ellos, la irrupción de la piratería. A su auge caben dos explicaciones: la ya mencionada crisis económica, que impulsó a los consumidores con menor poder adquisitivo –aunque no sólo a ellos- a la descarga ilegal para seguir leyendo, y a la escasa, por no decir inexistente, cobertura legal de los creadores de contenidos.

En este sentido, la llamada Ley Sinde-Wert, que entró en vigor el 6 de marzo de 2011, fue un tímido intento regulador que no llegó a aportar solución alguna. Los detractores de la ley argumentaban, por aquél entonces, que la piratería era culpa de los propios creadores de los contenidos, es decir, de las editoriales, a quienes acusaban de no comercializar versiones digitales de los libros que querían leer y de, cuando lo hacían, ponerles un precio demasiado alto y ajeno a cualquier lógica de mercado. Lo cierto es que, 6 años después, las editoriales publican prácticamente toda su oferta simultáneamente en papel y en digital y que el PVP medio del eBook en España no supera los 7€. No obstante, la piratería sigue ahí, de modo que el argumento, si quizá fuera válido antaño, hace ya tiempo que ha dejado de serlo. Y, quien no lo vea así, puede preguntar al bueno de Juan Gómez-Jurado, quien poco después de publicar su última obra, a fines del pasado 2015, también publicó el siguiente tuit: “Bueno, pues #CICATRIZ ya está en una página de descargas, a pesar del precio de preventa de 3,79 euros y de mis esfuerzos. Me rindo. Así, no”.

La digitalización masiva de los contenidos conllevó otros cambios, especialmente visibles en los hábitos de consulta y de lectura de los consumidores. El más significativo tiene que ver con la propia función del libro como herramienta para la transmisión de conocimientos. Pongámonos en 1995 y recordemos qué hubiéramos hecho en aquél momento si, de pronto, hubiéramos sentido un repentino interés por aprender astronomía. A buen seguro nos habríamos dirigido a la biblioteca o a la librería más cercana para averiguar qué libros sobre la materia se habían publicado y, llegado el caso, consultar alguno de ellos. Volvamos a 2016: es poco probable que cualquiera de nosotros con una repentina ansia por la astronomía nos dirijamos, en primera instancia, a una biblioteca o librería. Primero buscamos en Google, donde, además de libros, encontraremos toda una pléyade de contenidos textuales y audiovisuales: artículos, blogs, tutoriales de YouTube o incluso apps para enfocar con el móvil al cielo y saber de un vistazo qué constelaciones estamos viendo. De un tiempo a esta parte, a resultas de ello, el libro ha dejado de ser la herramienta de transmisión de conocimiento por excelencia para pasar a ser apenas una más. Y no siempre la más atractiva. O la que permite un acceso más rápido a la información. Este fenómeno afecta sólo a los libros de no ficción y le es ajeno la ficción y, probablemente por ello, es la lectura de no ficción la que en mayor media ha descendido en los últimos años. En 2015, y por primera vez en 10 años, ninguna obra de no ficción superó los 100.000 ejemplares vendidos.

El acceso a la información a través de pantallas, tan habitual desde hace unos años, acarrea otro inconveniente para los libros de no ficción. Dado que nuestro cerebro es pura neuroplasticidad, éste se acostumbra con extrema rapidez al nuevo medio, lo que hace que la lectura tradicional se torne aburrida. La propuesta de valor entre un libro y cualquier tipo de contenido en Internet es diametralmente opuesta: el libro supone grandes cantidades de texto que requieren de un alto grado de concentración para su completa comprensión, mientras que la web nos permite navegar por mares donde prima la rapidez, la inmediatez y la eficiencia.

Según Maryanne Wolf, neurocientífica cognitiva de la Universidad de Tufts en Massachusetts, autora de Proust and the Squid: The Story and Science of the Reading Brain y quien en mayor medida ha estudiado los nuevos hábitos de lectura, la lectura online nos convierte en “meros decodificadores de información”. En su opinión, la lectura tradicional permite una mayor reflexión y profundidad, lo cual nos exige una mayor concentración y tiene como resultado una mayor riqueza de las conexiones neuronales que se crean.

La lectura tradicional es lineal: pasamos de una página a otra y, aunque el libro pueda incluir gráficos, tablas o ilustraciones, las distracciones son pocas. Además, mantenemos un diálogo constante con el autor, lo cual potencia nuestra concentración. En cambio la lectura en Internet es completamente distinta: saltamos de página en página y de camino no sólo leemos sino que somos invitados a utilizar otros formatos, tales como audios o vídeos, o bien a dirigirnos hacia otros contenidos no necesariamente vinculados con la materia originalmente consultada. Buscamos gratificación instantánea, que además se potencia con la liberación de dopamina, el neurotransmisor de la felicidad, cada vez que damos con un contenido que nos gusta y que, además, podemos compartir en redes sociales. Y es dicha liberación de dopamina la que hace que, a menudo y cada vez en mayor media, prefiramos interactuar en redes sociales a leer un libro, que nos exige mayor concentración y del que obtenemos menor gratificación instantánea. Quien no haya sucumbido a la llamada de las redes sociales en momentos en los que antes leía un libro, por ejemplo durante un trayecto en metro, autobús o durante un momento de espera en la consulta del médico, que levante la mano.

Todo ello, crisis económica y disrupción digital, así como sus efectos secundarios, como la piratería y el cambio en los hábitos de lectura, ha conformado lo que podríamos catalogar de tormenta perfecta: una serie de causas que han puesto patas arriba al mercado editorial y que nos ayudan a entender el descenso de casi un 40% del mercado editorial en los últimos años.

La cuestión, ahora, es saber adivinar si en los años venideros la caída se detendrá o, por el contrario, el mercado seguirá bajando. Si atendemos a las cifras podemos pensar que con la recuperación económica volverá la alegría a las librerías: en 2015 el PIB creció un 3,2% y el mercado editorial apenas cayó un 1,5%. Cabe esperar, en efecto, que una mejora de la situación económica conlleve una recuperación del mercado del libro, pero al mismo tiempo, y tal y como hemos visto, no toda la caída producida durante los últimos años cabe achacarla a la crisis económica. Por consiguiente, es de esperar que aquellos lectores que han abandonado la lectura por causas ajenas a la crisis no vuelvan y, con ello, que a corto plazo no volvamos a un mercado como el de 2009.

 

Esta información fue extraída con fines didácticos del sitio:

http://www.blogcreacultura.com/industria-editorial/

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